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Seamos sinceros: la mayoría de los cambios apestan.

Por ejemplo… entrenar un nuevo pokémon. Al principio sólo quieres volver al de antes. Llevas ya bastante tiempo con él, tiene buen nivel, y sabes que con uno o dos golpes podrías ganar el combate. Tampoco quieres pasarte media vida luchando contra un Zubat para nada.

Y ahí piensas «Qué hago yo aquí», «¿Por qué tengo que volver a empezar desde el nivel 3 si yo ya tengo un Charizard en el 60?». Y estás ahí, esforzándote por quitarle a ese Ratata los HPs que le quedan a base de placajes –temiendo el momento en el que tu Caterpie evolucione en un maldito Metapod–. Y sólo quieres volver a Pueblo Paleta y decirle a tu madre que ya no quieres ser entrenador ni hacerte con todos, que con uno te vale. Que vuelves a casa porque te mola la vecina –aunque su hermano sea imbécil–, y quieres estrenar la videoconsola de tu cuarto, que para algo la tienes.

Pero ahí estás tú, con un nuevo pokémon que es una auténtica mierda –y lo seguirá siendo de momento–, pensando en lo fácil que sería tirar ahora de Charizard, pero no lo haces. Aguantas.

Resistes porque sabes que en el fondo vale la pena, que un Magikarp es una mierda, pero con un Gyarados ya puedes empezar a divertirte…y dar bien por culo a todos los cazabichos que te asaltan por ahí. Y porque –joder– sabes que vale la pena.

…y ahora olvidemos por un momento que hablamos de Pokémon.

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