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Gira la llave que abre el grifo y bloquea al mismo tiempo la salida del agua. Una de dos, o se rompe el grifo o te quedas sin mano. No importa que parezca controlado y da igual el tiempo que resista, esta vez no hay final feliz.

Son cosas que se saben y punto, y sin embargo, la mayoría del tiempo es nuestra mano la que bloquea el flujo del agua; porque para según qué cosas tenemos la absurda idea de que el autocontrol es o bien una virtud necesaria, o puede que sólo un instrumento de mutilación propia al que debemos someternos para evitar que sea otro el que nos cierre el grifo.

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