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Frío. A pesar de de su mullido recubrimiento, Domo-kun siente frío al salir de casa.
Veinte minutos después, entra en un estrecho autobús de iluminación azulada y se sienta en el único asiento libre que alcanza a ver; se coloca la cabeza y espera mirando al frente.
Poco después de que las letras rojas se iluminen acompañadas de un breve pitido, sale por la puerta que acaba de abrirse y avanza por el puente en dirección al lugar acordado.
Llega ahí exactamente treinta y ocho minutos antes, se sienta y observa a los tranvías que pasan a escasos tres metros de él.
Veinte minutos más tarde llega una Barbie marginal algo incompleta y quince minutos después, una Barbie hippie.
Todos esperan hasta la aparición de una elfa de incógnito, y más tarde hasta la llegada del último integrante de tan peculiar quinteto, Jean-Piere Françoise, un fracasado pintor francés.
Un una vez reunidos, se deslizan en el décimo tranvía que Domo-kun ve llegar esa noche, y tras efectuar el reparto de las provisiones llegan por fin al final del trayecto.
Las calles, más vacías y silenciosas de lo esperado, ven pasar a los cinco entre las sombras de las farolas hasta encontrar un lugar adecuado en la extraña plaza.
Tras la molesta incursión de una pareja de monjes aparece el resto del reparto, el niño de El Orfanato, Samara Morgan y Penélope Cruz entran en escena.
Saludos pertinentes y un breve tiempo de adaptación, y el grupo, ahora mayor, se pone en marcha de nuevo hasta llegar a un cruce donde la música suena con un volumen inhumano mientras la multitud de reúne bajo la luz de una farola como polillas que se retuercen moribundas.
Suena un móvil sin que nadie lo oiga, Domo-kun deja caer torpemente el líquido azul al suelo; no sin antes haberse impregnado ambos brazos con él.
Alguien eleva la duda y el consenso no se hace esperar; en marcha una vez más, los ocho llegan a una apartada calle donde tras la coca-cola resuena una melodía diferente, y sin importar que no haya nadie más, siete de ocho comienzan a bailar.
Cae la primera botella y se hace añicos al tocar e suelo.
Apenas veinte minutos después Samara aparece con un chupito comunitario, y diez después el vómito amarillo se desliza por el suelo.
El niño del Orfanato (ahora sin cabeza), y Penélope (que aun se aferra a su metalizada estatuilla), deciden socorrer a la muchacha acompañándola hasta el núcleo.
Dos y diez, y la Barbie hippie, siguiendo el ejemplo de la problemática niña, mira extrañamente el suelo, para , una vez tumbada, impregnar el suelo con un liquido rosáceo; tras lo cual comenta la suciedad y sigue bebiendo y bailando.
Media hora después, la mujer de flores violetas trata de convencer a Domo-kun para que acepte su naturaleza de profeta, hasta que el segundo vómito de la Barbie la hace desistir.
Domo-kun propone ensuciar nuevas calles, para mayor divertimento de vomitadores varios, y tras la respuesta afirmativa y entusiasta del resto, cinco, que después de perder a la elfa por el camino, pasan a ser cuatro, llegan a un solitario parque, donde a las tres y cinco, la Barbie hippie se rinde al sueño en un banco verde.
Jean-Piere Françoise, la Barbie marginal y Dom-kun esperan pacientemente, y consciente del frío, Domo-kun decide arrancarse la piel y cubrir con ella a la moribunda Barbie.
A las cuatro y ocho del jueves, y habiendo decidido que una hora es tiempo suficiente, los tres deciden despertarla, y tras las propuesta de un desayuno calentito, y el asalto de varios franquistas travestis, los cuatro personajes avanzan en silencio por las calles.
La Barbie, ahora consciente de su amnesia, intenta ponerse al día sobre el las horas perdidas, y Domo-kun le relata los hechos trascendentales.
Al llegar a una plaza la Barbie hippie es secuestrada por un par de borrachos con gafas persiana, y el resto avanzan en busca de la puesta de sol.
A las seis y cuarenta, convencidos de que el sol ha decidido no salir nunca más, Jean-Piere y Domo-kun despiertan bruscamente a la Barbie marginal en un intento de hacerla sentir como en casa.
Diez minutos después, a mitad de camino de un desayuno caliente e insano, Domo-kun descubre que ha perdido la cabeza esperando el amanecer, sin embargo, dada la insistencia de su estómago decide que ya no la necesita.
Siete en punto; Domo-kun, la Barbie y Jean-Piere comienzan su desayuno, y en ese mismo instante, Jean-Piere descubre que está amaneciendo sin ellos.
Una hora después, tras haber dejado a Barbie marginal en el tranvía, y haberse despedido de Jean-Piere en la estación, Domo-kun hace un esfuerzo sobrehumano por no cerrar los ojos antes del legar a casa, porque sabe que si lo hace será incapaz de abrirlos a tiempo.

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