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Se deslizó entre las sábanas y colocó los pies descalzos en el suelo; se estremeció un instante por el frío, se puso de pié y avanzó a oscuras por la habitación hasta llegar a la puerta; era la hora.
Como cada año, todos dormían aun cuando avanzó por el pasillo hasta la cocina, y como cada año, al abrir la puerta el reloj marcaba las cinco.
Observó la escena sonriendo, cerró la puerta lentamente y comenzó la carnicería. Seleccionó cuidadosamente a sus victimas y el papel comenzó a volar por toda la habitación entre débiles gruñidos de queja; cuando hubo terminado se deshizo de los cadáveres, reunió a los supervivientes, robó una galleta y volvió a la cama.
Tres horas después otra persona repetiría el mismo ritual, en el mismo sitio; a su manera, porque para algunas cosas no hace falta creer en monarcas a camello para poder disfrutar como siempre.

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