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Con un esfuerzo sobrehumano logró mover la mano; le ardían las mejillas.
Cerró los ojos con fuerza y la imagen de las llamas permaneció nítida en su mente mientras escuchaba el quejido de la madera que se consumía; estiró los brazos y las piernas lentamente, como un oso que intenta desperezarse tras todo un invierno de inactividad, y simplemente rodó; un par de vueltas y quedó tendido con los brazos extendidos y esa cara de felicidad que sólo da el fuego en invierno.

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