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Cogió la pala y comenzó a apuñalar la tierra, con ira, con rabia; con furia contenida. Con cada golpe sobre la tierra húmeda sentía que algo martilleaba su cabeza, y sentía que aun así, esto era lo único que podía hacer ya.
Se odiaba a si mismo, por no haber estado allí, por no haberlo impedido, y sobre todo, por ser, incluso ahora, incapaz de derramar una sola lágrima…ni siquiera por ella.
La tierra cedía poco a poco, y él seguía apaleando con fuerza. En parte creía que si dejaba de hacerlo no sería capaz de contenerse…de mirarla una vez más.

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