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Solía pasar por aquel parque a diario; sabía exactamente dónde estaba cada árbol, cada farola y cada banco. Sabía incluso cuántos patos había en el estanque, y a menudo se entretenía bombardeándolos con pequeños proyectiles de pan.
La gente del parque nunca cambiaba, era como ver la reposición de una vieja película una y otra vez.
Hacia las casas del fondo; los tres niños del balón, que se marcharían poco después de las siete, cuando una señora en albornoz abriese la ventana.
Al otro lado del estanque, aquel hombre del abrigo negro que siempre traía dos bocadillos; uno para él y otro para el pastor alemán que descansaba bajo el tercer banco.
Justo por eso, por esa monotonía implícita tan característica de aquel parque, le extrañó enormemente ver una cara nueva. En el último banco; en aquel al que le faltaban algunas tablas, y las que quedaban estaban surcadas por nombres incomprensibles y firmas inteligibles, había una cara que no había visto antes.
Algo confuso se deshizo del resto del pan y avanzó muy lentamente hacía el extraño, al que observaba con curiosidad.
Sus zapatos gastados apenas rozaban la tierra del suelo, los pantalones cortos dejaban entrever rodillas raspadas; seguramente como resultado de alguna caída reciente, y sobre estas, descansaban las manos, como si no tuviesen intención de moverse jamás.
La espalda no tocaba el respaldo del banco, y la cabeza, ligeramente inclinada, delataba la curiosidad de su dueño, que miraba fugazmente cada rincón del parque, como esperando algo.

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