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El ser humano tiende a agruparse, a reunirse y a formar masas.
Masas porque cuando se une a otros seres humanos, tiene la fea costumbre de perder su identidad.
Fea costumbre porque, cuando esto sucede, lo mismo da quien esté al frente; se le obedece sin más. Poco importa tirano o revolucionario; todo vale cuando el resto calla.
Así ocurre que un día, mientras todos callan, alguien se levanta; apenas un palmo del suelo (una caja de zapatos basta para elevar a alguien) y se proclama revolucionario.
-Lucho contra ellos-dirá, y dará mil buenas razones adornadas con mil certeras palabras, para alzarse. Y algunos le seguirán, y otros no.
Así la historia se repite, con gente que defiende ideas ajenas con palabras que no son suyas. Y llegará el momento en el que el revolucionario, aun sin saberlo, habrá dejado de serlo, y predicará rebeliones vacías en un mundo que ya no es el suyo.
Y pedirá orden, que se cumplan las normas, y que no se rompan las reglas; aquellas del tirano, que aun sigue en pie.
Defenderá al tirano afirmando ser revolucionario, y la gente lo seguirá, porque sus ideas no son suyas, sus palabras no les pertenecen, y sólo saben obedecer.

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