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Descansaba apaciblemente a la sombra de uno de los árboles del parque, cuando una pelota llegó hasta él; llegó sin fuerza, pero aun así había interrumpido su descanso.
Muy lentamente se desperezó y se puso en pie; se sacudió durante un instante, y sintió con sus orejas se balanceaban a un lado y a otro: ya estaba listo para seguir caminando.
Caminaba de la misma manera que vivía, lentamente, al fin y al cabo no tenía ningún sitio al que llegar ni a nadie esperando su regreso; simplemente vivía.
Atravesó el parque y avanzó sin prisa por las calles de la ciudad; por las calles amplias, repletas de gente y vida, por los mercados en permanente movimiento, en los que la gente se movía velozmente sin detenerse nunca; como si detenerse significara morir, y por la calles estrechas; angostos callejones tan retorcidos como las miradas de los pocos que por ellos transitaban.
Avanzaba sin prisa, aprovechando la calidez del sol y la brisa de la sombra; avanzaba como tantas otras veces, atravesando la ciudad como había hecho el día anterior y como haría el día siguiente; y sin embargo, nadie en todo aquel tiempo se había acercado siquiera a aquel viejo perro cojo, todos apartaban la vista cuando pasaba, y nadie parecía interesado en él.

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