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Cuando somos pequeños, los adultos son de otra raza; superhéroes, que lo saben todo y no tienen miedo a nada; saben responder a todas nuestras preguntas, y son capaces de entrar en una habitación a oscuras sin inmutarse.
En algún momento entre esa época y otra, el la que nosotros mismos estamos ya más cerca de ser adultos que niños, la cosa cambia.
Parece que no tenían todas las respuestas al fin y al cabo; en algún momento los hemos visto llorar, equivocarse y asustarse…parece que no son perfectos, sino simples seres humanos.
Y que de un día para otro, te quiten al Ratoncito Pérez y Papá Noel, nunca es agradable…eso a lo que llaman edad del pavo, en la que se supone que lo normal es odiar a nuestros padres, no es otra cosa que a reacción (bastante razonable dadas las circunstancias) al darnos cuenta de que del pedestal en el que teníamos subida a esa raza aparte, sólo quedan ya astillas desperdigadas por el suelo.
Es normal cierto enfado ante tal estafa, cierto miedo a crecer ahora que sabemos que las cosas no son como nos habíamos imaginado, de que el miedo no siempre es cosa de la edad, y de que poco importa cuanto crezcamos; hay cosas que no llegaremos a saber por mucha curiosidad que tengamos.
Tarde o temprano comprenderemos que la culpa es nuestra, por inventar dioses donde sólo hay personas.

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