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Llovía; llovía tanto que la idea de intentar resguardarse bajo un paraguas era cuanto menos disparatada. Llovía y las gotas caían una tras otra sobre él, chocando sobre la tela húmeda y fragmentándose en miles de pequeñas gotitas.
Caminaba; caminaba despacio, arrastrando los pies, y a cada paso podía sentir como el agua emergía de la suela y se movía por sus calcetines enfriándole los pies. Caminaba despacio porque intentar llegar seco a casa habría sido algo quimérico, y porque lo que necesitaba en ese momento no era un paraguas…
Podía sentir como el agua se filtraba a través de su camiseta, y como las gotas se deslizaban al ritmo de su respiración agitada.
Las farolas encendidas no eran más que extrañas esferas luminosas difuminadas por la lluvia, y aunque podían intuirse las caras pegadas al frío cristal, observando la escena; eran pocas las ventanas que aun desprendían algo de luz.
Se apoyó un instante contra la pared, y un pequeño río descendió por su espalda hasta llegar al suelo.
Respiró profundamente, y mirando hacia la puerta que tenía enfrente: avanzó.

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