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Todo terminó con un ruido sordo en sus oídos; cuando bajó los brazos poco podía hacer ya.
El cuerpo estaba tendido entre en primer y el tercer escalón, y una de sus piernas colgaba inerte a un lado de la escalera.
Al instante se dejó caer y permaneció así, con la espalda apoyada contra la pared durante algún tiempo; el suficiente para ver como pequeños ríos rojos se deslizaban hasta el primer piso fluyendo por las fibras de la moqueta.
Miraba casi hipnotizado como las gotas caían, una tras otra, sobre el brillante charco emitiendo un extraño chapoteo que, junto con su respiración, era lo único que se escuchaba en la casa.
Finalmente, se puso en pie y avanzó hacia la escalera; peldaño a peldaño hasta estuvo junto al cuerpo.
No le hizo falta mirarlo de nuevo; ya sabía lo que había junto a sus pies; siguió avanzando hasta llegar a la puerta, aun entreabierta, que parecía mecerse con reproche, y una vez hubo atravesado el umbral, se deslizó dentro del coche para desaparecer en la primera curva.

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