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comillasTodos los que fuimos elegidos para la Escuela de Batalla sólo amamos una cosa y respetamos una cosa: amamos la inteligencia y respetamos el poder.

Orson Scott Card, La sombra del gigante.

Yo lo que quiero es tener cinco años
que podamos jugar
juntos
sin que todo esto importe

Qué las cosas sean sencillas
y las historias increíbles.

comillas¡Aquí estoy sentado, formo hombres
a mi imagen,
una estirpe que sea igual a mí,
que sufra, que llore,
que goce y se alegre
y que no se preocupe de ti,
como yo!

Goethe.

-Hasta que nos volvamos a encontrar.
-Tal vez para entonces hayamos aprendido a sumar.

comillasNo quiero estar aquí. No me gusta este sitio. No sé de qué va todo esto. ¿Qué hacemos deambulando por aquí juntos, en este mundo informe cuyas reglas y objetivos son del todo desconocidos; aparentemente indescifrables, o incluso posiblemente inexistentes, siempre a punto de ser machacados por fuerzas que no consigo entender?

-Creo que al final, lo que necesitamos es que nos dejen intentarlo.
-¿Intentar qué?
-Da igual, lo que sea, pero que nos dejen intentarlo.

-No tengo intención de morirme nunca.
-Yo tampoco, pienso ser inmortal.
-Pues viviremos para siempre. Seremos de esas cosas que han estado ahí siempre y le dan sentido a todo.
-Genial.

Hagamos que la realidad sea preferible a cualquier mentira.

Seamos sinceros: la mayoría de los cambios apestan.

Por ejemplo… entrenar un nuevo pokémon. Al principio sólo quieres volver al de antes. Llevas ya bastante tiempo con él, tiene buen nivel, y sabes que con uno o dos golpes podrías ganar el combate. Tampoco quieres pasarte media vida luchando contra un Zubat para nada.

Y ahí piensas «Qué hago yo aquí», «¿Por qué tengo que volver a empezar desde el nivel 3 si yo ya tengo un Charizard en el 60?». Y estás ahí, esforzándote por quitarle a ese Ratata los HPs que le quedan a base de placajes –temiendo el momento en el que tu Caterpie evolucione en un maldito Metapod–. Y sólo quieres volver a Pueblo Paleta y decirle a tu madre que ya no quieres ser entrenador ni hacerte con todos, que con uno te vale. Que vuelves a casa porque te mola la vecina –aunque su hermano sea imbécil–, y quieres estrenar la videoconsola de tu cuarto, que para algo la tienes.

Pero ahí estás tú, con un nuevo pokémon que es una auténtica mierda –y lo seguirá siendo de momento–, pensando en lo fácil que sería tirar ahora de Charizard, pero no lo haces. Aguantas.

Resistes porque sabes que en el fondo vale la pena, que un Magikarp es una mierda, pero con un Gyarados ya puedes empezar a divertirte…y dar bien por culo a todos los cazabichos que te asaltan por ahí. Y porque –joder– sabes que vale la pena.

…y ahora olvidemos por un momento que hablamos de Pokémon.

Como excusa para empezar esto, diré que hoy estaba tranquilamente en mi habitación, cuando ha aparecido mi madre contando lo amable que es la gente cuando sonríes y cómo todo es más fácil si eres amable. Que los desconocidos intentan ayudarla porque suele caer bien. Una vez dicho esto, mientras me daba una palmadita en el hombro, ha añadido muy seria «Y tú eres…bueno, tú…lo tienes jodido», y ha salido de la habitación.

Evidentemente, con un asalto así, estuve pensando un rato -pero tampoco demasiado, no es la primera de las “profecías maternas”, ni será la última-, y siendo sincera, me da igual que el señor de la cola del supermercado me deje pasar porque sólo tengo una caja de cereales y él 23kg de comida.

Y poco me importa que esa señora -con la que comparto apellido en dos de cada cuatro documentos- crea que lo mejor es conseguir una vida indolora con la que poder sonreír de 8 a 5.

Porque da igual cómo intentes adornarlo, la sonrisa de un desconocido por aguantar la puerta del ascensor durante tres segundos, no vale lo mismo que cualquier otra, sonreír no significa ser feliz, y que algo no duela tampoco significa que esté bien.

Me da igual reír diez horas al día o dos minutos a la semana, pero si lo hago quiero hacerlo de verdad; si odio, quiero odiar sin reservas; si duele, quiero que duela de verdad, y si soy amable con una persona, quiero que lo merezca. Porque lo contrario es igual de absurdo que decir que un personaje de televisión es mi amigo porque me río mucho con él, o que ese primo al que sólo he visto tres minutos de mi vida es mi familia.

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